
«No hay mejor antídoto contra la negación que la evidencia. No hay bálsamo más eficaz que la verdad.»
A 50 años del golpe, seguimos reivindicando las consignas que Madres y Abuelas de Plaza de Mayo sostuvieron incansablemente: Memoria, Verdad y Justicia. Bases éticas sobre las que hemos construido nuestra vida democrática tras el genocidio sangriento.
Hace unos días, el Equipo Argentino de Antropología Forense logró restituir las identidades de algunas de las personas desaparecidas en el CCD La Perla, en Córdoba. El hallazgo, impresionante, volvió a poner en el presente los modos macabros que la dictadura usó para deshacerse de los cuerpos torturados y masacrados en los campos de exterminio y ratificó, una vez más, la vitalidad social y política del trabajo de los organismos que siguen produciendo pruebas y desbaratando el silencio cómplice de los perpetradores.
Freud usó metáforas arqueológicas para explicar parte de nuestro trabajo cotidiano. Como trabajadores de la Salud Mental, nos sumamos al inmenso trabajo de reconstrucción de las verdades que buscan develar aquello que insiste tanto desde la antropología como desde la memoria colectiva.
En estos 50 años. nos fuimos armando de estructuras para nombrar lo que no tenía nombre, para exigir justicia. El trauma se convirtió, cada vez, en los significantes que tuvimos que interpelar para que lo mortificante no nos consuma.
Frente a la apropiación, la respuesta fue identidad. Frente a la desaparición forzada, la búsqueda incansable. Frente a la sustitución de identidad, el índice de abuelidad que permitió encontrar a 140 nietes, y restituirles su identidad.
Por eso es que no bajamos los brazos frente a los discursos que buscan retroceder, negar o reivindicar los años de terror estatal.
Por eso es que, a 50 años del inicio de la dictadura más atroz, nuestra memoria está más viva que nunca.